En términos generales, el Radón presente en el aire libre se disipa rápidamente y no representa un riesgo significativo para la salud. El gas Radón liberado al aire libre se mezcla con la atmósfera y se dispersa en el medio ambiente, lo que disminuye su concentración y reduce el riesgo de exposición a niveles peligrosos.
El peligro de exposición al Radón aumenta en espacios cerrados, especialmente en hogares y edificios que tienen altos niveles de Radón en su interior. Aunque la exposición al Radón al aire libre suele ser segura, existen ciertas áreas geográficas específicas donde los niveles de Radón en el exterior pueden ser más elevados, como en zonas cercanas a depósitos de minerales radiactivos o en áreas con características geológicas que favorecen la concentración de Radón en la superficie.
